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Lejos de los aplausos, los voluntarios universitarios «ponen el cuerpo» a la pandemia

Con el foco de la opinión pública puesto en el personal de salud que atiende la pandemia por coronavirus, el silencioso y también fundamental trabajo de los voluntarios de universidades públicas parece ser invisible y quedar lejos de los aplausos de las 9 de la noche.
De lunes a domingos, "ponen el cuerpo" en jornadas que se extienden sin contemplaciones de horario, clima o situación geográfica: arman las camas en los centros para pacientes leves, participan de la logística que da de comer a través de las escuelas, cocinan, limpian y también, algunos de ellos, participan de operativos de testeo.
En Florencio Varela

Emiliana estudia la tecnicatura en Emergencias en la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ) de Florencio Varela pero, al responder las preguntas de Télam, se encontraba participando del dispositivo Detectar montado en el Barrio La Cava de San Isidro para encontrar personas con síntomas y poder realizar de manera precoz los análisis correspondientes.
"La tarea no es nada grata. Un hisopado es una técnica difícil que genera molestia. Hay que conseguir empatía con las personas, explicarles bien el procedimiento para que no se asusten y eso es un desafío. La mayoría de las veces viene toda la familia con los chicos. Ellos claramente no se van a olvidar nunca más de esto", dijo para graficar su tarea cotidiana.
Emiliana, como tantos miles de universitarios de todo el conurbano, desarrollan su labor solidario en barrios muy parecidos a los que los vieron nacer, lugares dónde el coronavirus comenzó a instalarse.
"Nosotros somos 26 de nuestra carrera que estamos poniendo en práctica lo que aprendimos. Conocemos los barrios desde los que venimos y entonces da satisfacción usar ahí las herramientas que nos dio la facultad", agregó.

Víctor es voluntario en el programa montado por la Universidad Nacional de Lanús para asistir a las escuelas del distrito en el armado de los bolsones de comida.
"Hay una mirada triste en la mayoría de las personas. No está buena la necesidad, la gente no disfruta yendo a buscar la mercadería. Es una situación frustrante", la que se vive en esos lugares que, desde el principio del aislamiento, han tenido que redoblar los esfuerzos ya no para que los chicos que van a los comedores escolares se puedan alimentar, sino para que lo hagan familias enteras.
Denisse es estudiante de medicina y forma parte de los más de los 2600 voluntarios de la UNAJ: desde el inicio de la pandemia formó parte de los equipos que recibían a los repatriados del exterior y los asistió durante el aislamiento, estuvo en los testeos realizados en las estaciones ferroviarias porteñas, hizo seguimiento de pacientes en call center y cargó datos epidemiológicos en bases de datos.
"Es una experiencia enriquecedora", afirmó quién hoy pasa horas asistiendo en el triage de un hospital, ese lugar dónde se define si una persona debe ser atendida como posible caso de Covid-19 o por otro tipo de enfermedad: "Estamos en contacto con gente con situaciones difíciles y eso te llena de bronca, de impotencia, pero también te mueve, el ser conscientes de la desigualdad social en la que estamos inmersos".
En Quilmes

Por su parte, Eva es estudiante de la Universidad Nacional de Quilmes y recuerda que hubiera debido comenzar el cuatrimestre de estudio el mismo día que se dictó el aislamiento social.
Tan sólo unas jornadas después del anuncio presidencial, ella y sus compañeros ya estaban participando en el armado del centro de pacientes leves montado en esa casa de altos estudios.
Después de haber desarmado aulas y montado camas, comenzaron a armar bolsones de comida y, más cerca en el tiempo, se abocaron directamente a la situación del barrio Villa Azul.
"Estamos en un club cercano, desde temprano para recibir a los camiones. Hay algunos compañeros que trabajan dentro del propio barrio para hacer tareas de desinfección, pero todos ponemos el cuerpo. Me pasó que llegaba a casa después de una larga jornada, cuando no daba más y tener que ver comentarios errados en la tele sobre lo que estaba pasando, sobre lo que se hace o no, y eso duele, porque uno lo vive en primera persona", agregó Eva, que en todo momento habla con lenguaje inclusivo.
Aunque dicen tomar todas las precauciones para no contagiar a otros, parecen inmunes al miedo que produce el virus y, en el mejor de los casos, afirman que "la vocación y la solidaridad le ganan al temor".
Consultados sobre cómo se sentían después de tantos días de trabajo, nadie hizo notar su cansancio y todos, en cambio, manifestaron sentir orgullo por la tarea realizada.
Un último voluntario de la Universidad Nacional de Quilmes -que prefirió no dar su nombre- dijo una frase que pueden englobar el espíritu de todos los que están luchando de manera silenciosa contra el coronavirus: "Nosotros somos parte de esos barrios que hoy la pasan mal, es un orgullo poder aportar lo nuestro, devolver algo de lo que nos dan a través de la universidad pública".

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